
Otra vez estoy atravesando la calle vieja, escrutando la repetición infinita de las vetustas casas de mi niñez. Enfrentándome con timidez al mundo y a sus submundos grotescos.
La soledad me acaricia con su manto gris. Me protege. Me enseña a despreciar todo lo que me rodea.
Hoy ha muerto alguien en el barrio y la mañana gris ya no puede estar mas gris.
Al pasar he mirado con el rabillo del ojo y he sentido la atmósfera de la soledad tibia como escalofrío. El vapor de las lágrimas consumidas, los arreglos de flores metalizados que representan a la gelidez inclemente e inexorable de la muerte.
He tratado de involucrar a mi radical antagonismo para pasar de largo como un rayo sin luz y no consolar a nadie porque creo firmemente en la inutilidad de estos rituales que no sirven sino para prolongar la tristeza y la angustia que causa la separación física de las personas que queremos.
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