Otra jornada de duro trabajo había llegado a su fin. Sentía mi cuerpo desfallecer mientras avanzaba lentamente, sumergido en una noche diáfana. El camino era el de siempre en las horas finales. Apenas el sonido lejano de algún automóvil que no se hacia visible, mientras mis pasos cansados removían la tierra inerte. El sendero me absorbía a esa hora de luna llena, debía refugiarme pronto en mi guarida, uno nunca sabe cuando aparecerán y hoy tengo un temor y un presagio especial. Hoy me han remunerado y tengo las medias llenas de billetes, allí no te lo encontraran, me han dicho, espero que no, pienso yo, porque ya están aquí. Han caído del cielo como ángeles del infierno. Ahora me rodean, danzantes de cuchillos, parecen haberse reflejado en mi miedo, también están asustados, pero lo ocultan tras el resplandor de sus espadas asesinas. Con amagues acechantes se empieza a cerrar el circulo. Se miran, intercambian códigos, la señal esta dada. Empieza una nueva jornada de lucha, de sobrevivencia, en esta caverna de salvajes; el núcleo de la sordidez, donde alguna vez aparecí desconocido, como un sortilegio lleno de paz, de ilusión y ahora después de tanto tiempo me siento cansado, harto de la lucha sin sentido, de la repetición infinita... y ahora se escapa la madrugada, con sus sueños, con mi vida en el puerto saliendo antes que el sol a buscar pescado con mi viejo que aparecía entre las sombras del alba... pero no hay tiempo para sueños ni melancolía, porque ya estoy bregando en la calle macilenta. La pelea es una costumbre para mi, me sale como un acto natural; pero ellos son muchos y pelan los dientes como perros salvajes. Apenas logro ver sus manchas, sus ojos vacíos. Sonríen, pero no creo que tengan sonrisa. Me acuchillan inexorables, despiadados, danzantes de la muerte, yo trato de sobrevivir como siempre, como si la sobrevivencia se tratase de una rutina. Estoy agazapado, se burlan de mi agonía; soy un toro en el ruedo de la muerte, humillado, indefenso. Me estoy muriendo al ritmo de su danza asesina, sucia, vil. Por fin he expirado, les doy la razón para que se larguen de mi muerte, pero ellos presienten que es un subterfugio, ellos lo saben, lo saben todo y me respiran en la soledad absoluta de mis ojos cerrados y puedo ver su mirada virulenta cayéndome en la muerte resignada y apenas logro sollozar porque recupero el sueño, el de la madrugada, el de las sombras del alba, del puerto y de la pesca antes del sol que esta vez me atraen en su burbuja de nostalgia y me introducen en la forma mas dulce de la muerte...miércoles, 28 de noviembre de 2007
JORNADA FINAL
Otra jornada de duro trabajo había llegado a su fin. Sentía mi cuerpo desfallecer mientras avanzaba lentamente, sumergido en una noche diáfana. El camino era el de siempre en las horas finales. Apenas el sonido lejano de algún automóvil que no se hacia visible, mientras mis pasos cansados removían la tierra inerte. El sendero me absorbía a esa hora de luna llena, debía refugiarme pronto en mi guarida, uno nunca sabe cuando aparecerán y hoy tengo un temor y un presagio especial. Hoy me han remunerado y tengo las medias llenas de billetes, allí no te lo encontraran, me han dicho, espero que no, pienso yo, porque ya están aquí. Han caído del cielo como ángeles del infierno. Ahora me rodean, danzantes de cuchillos, parecen haberse reflejado en mi miedo, también están asustados, pero lo ocultan tras el resplandor de sus espadas asesinas. Con amagues acechantes se empieza a cerrar el circulo. Se miran, intercambian códigos, la señal esta dada. Empieza una nueva jornada de lucha, de sobrevivencia, en esta caverna de salvajes; el núcleo de la sordidez, donde alguna vez aparecí desconocido, como un sortilegio lleno de paz, de ilusión y ahora después de tanto tiempo me siento cansado, harto de la lucha sin sentido, de la repetición infinita... y ahora se escapa la madrugada, con sus sueños, con mi vida en el puerto saliendo antes que el sol a buscar pescado con mi viejo que aparecía entre las sombras del alba... pero no hay tiempo para sueños ni melancolía, porque ya estoy bregando en la calle macilenta. La pelea es una costumbre para mi, me sale como un acto natural; pero ellos son muchos y pelan los dientes como perros salvajes. Apenas logro ver sus manchas, sus ojos vacíos. Sonríen, pero no creo que tengan sonrisa. Me acuchillan inexorables, despiadados, danzantes de la muerte, yo trato de sobrevivir como siempre, como si la sobrevivencia se tratase de una rutina. Estoy agazapado, se burlan de mi agonía; soy un toro en el ruedo de la muerte, humillado, indefenso. Me estoy muriendo al ritmo de su danza asesina, sucia, vil. Por fin he expirado, les doy la razón para que se larguen de mi muerte, pero ellos presienten que es un subterfugio, ellos lo saben, lo saben todo y me respiran en la soledad absoluta de mis ojos cerrados y puedo ver su mirada virulenta cayéndome en la muerte resignada y apenas logro sollozar porque recupero el sueño, el de la madrugada, el de las sombras del alba, del puerto y de la pesca antes del sol que esta vez me atraen en su burbuja de nostalgia y me introducen en la forma mas dulce de la muerte...
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